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martes, 26 de abril de 2011

La comedia y la tragedia nacional

El teatro guatemalteco ha tenido grandes épocas; algunas bastante tristes.


Por Juan Carlos Lemus

En el río de la vida confluyen la tragedia y la comedia. El ser humano es una realidad provista de emociones. El amor y el odio, el llanto y la risa, la ira o la serenidad viajan con él desde que nace hasta que muere. Es el cielo y el infierno. Por eso La Divina Comedia no se refiere solamente a una eterna carcajada, como tampoco las desdichas de Don Quijote son nada más un mar de melancolía.El arte, como mediador entre los hombres y la esencia del universo, contiene todas las polaridades factibles de la existencia, y a eso se debe que un espectador, ante un óleo o ante una obra de teatro, reclame algo semejante a un espejo: lo bello, lo bueno, lo doloroso, la alegría, la amargura; todo aquello que abrase su hoguera emocional.
Sería injusto exigir a un país —o a un grupo teatral— que solamente interprete las tragedias de Sófocles o que divierta con las comedias de Molière, pues tanto el dolor como la alegría forman parte de la totalidad. De igual manera sería necio descartar lo que venga de Dario Fo tan solo porque aceptamos como última la palabra de Shakespeare.
A partir de tragedia y comedia, el teatro se ha desarrollado a través de los siglos, e incontables ramificaciones trepan en su historia, a veces difiriendo en estilos, corrientes filosóficas, costumbres o simples modas. Gracias a ello, hoy podemos hablar de un teatro religioso, místico, japonés, hindú, medieval, profano, moderno, isabelino, barroco, popular, cómico, neoclásico, romántico, absurdo, realista, dialéctico, existencialista, experimental, ecléctico y un largo etcétera.
No tiene más valor una función teatral que otra solo porque tenga impreso en el programa de mano el nombre de Schiller, el de Ibsen o el de Victor Hugo. Lo que cuenta en una sala de teatro, aparte de factores técnicos y utilitarios, es la interpretación. De los actores depende incendiar o enfriar los escenarios. Ellos tienen la oportunidad de dinamitar el tedio de una tarde. Una función puede ser brillante o mediocre. Todo depende de la preparación y de la vocación de los actores.
Escribió Peter Paul Brook (Londres, 1925), uno de los directores más influyentes del teatro contemporáneo, en su ensayo El espacio vacío: “La crisis de Broadway, la de París y la del West End es la misma: no es necesario que los empresarios nos digan que el teatro es mal negocio, ya que incluso el público lo advierte. Lo cierto es que si el público exigiera el verdadero entretenimiento del que tanto habla, casi todos nos hallaríamos en el aprieto de saber por dónde empezar”.
Cualquiera podrá objetar que los actores y las compañías de teatro son libres de representar lo que quieran ante un pueblo; es más, pueden asegurar que la prueba de su éxito está en las taquillas y que no necesitan la crítica de un experto, ni la de un carnicero común y corriente. Pero hay una regla elemental, bastante práctica y clara: todo aquello por lo cual una persona paga algún dinero salido de su bolsillo es susceptible de ser criticado, así sea un banano o una ópera. ¿Cómo no habríamos de dar un vistazo al teatro ramplón y diferenciarlo de aquellos que hicieron un trabajo serio y disciplinado?


Así comenzó todo

Las primeras manifestaciones dramáticas del país fueron destruidas por los españoles, durante la Conquista. A tal atrocidad sobrevivió el Rabinal Achi’, texto anónimo que representa una rivalidad política que existía entre los grupos quichés y los de Rabinal.
El antropólogo Carlos René García Escobar explica que fue conocido, en el siglo XVI, “como Danza del Tun, del Uleutum o del Tum Teleche”.
Los europeos sustituyeron aquellas representaciones por pastorelas, loas y otras obras religiosas que celebraban en los atrios de las iglesias.
En su momento, Rafael Carrera —gobernó Guatemala de 1844 a 1848 y de 1851 a 1865— se aventuró a traer compañías de ópera. El historiador Héctor Gaitán explica en su libro Historias de la Ciudad de Guatemala que antes de Carrera ya se había montado Adolfo y Clara, en 1835, la primera ópera presentada en el país, en Teatro de Fedriani.
Cuando en 1859 fue inaugurado el Teatro Carrera —más tarde llamado Colón— se siguieron presentando óperas, operetas, zarzuelas y revistas musicales. Para 1900 el Teatro Colón tenía 40 años de existencia y seguía ofreciendo los mismos géneros artísticos. Según el doctor Francisco Albizúrez Palma, en la Historia de la Literatura Guatemalteca, “el teatro nacional casi nace a partir de la década de los cuarenta. El desarrollo de esa actividad había sido muy pobre en nuestro medio”. En efecto, apenas una década antes había nacido la dramaturgia nacional, con Manuel Galich, quien en 1932 escribió Los conspiradores.
Esos años, 1930 y 1940, fueron la transición de la interpretación de óperas y revistas musicales hacia las primeras compañías teatrales, las cuales surgieron entre 1945 y 1948: “Alrededor de la educadora española María de Sellarés, refugiada republicana en nuestro país, invitada por el presidente de aquella época, el también pedagogo doctor Juan José Arévalo”, explica Antonio Móvil en su Historia del Arte Guatemalteco.
El mismo investigador agrega que el grupo inicial estuvo integrado por estudiantes del Instituto Central para Señoritas Belén, cuya directora era Sellarés, y entre otros, por los entonces jóvenes “Carlos y Roberto Mencos, Luis I. Rivera, Carlos Caal, René Molina, Ester Sellarés, Matilde Montoya, Carmen Antillón, Ligia Bernal, Consuelo Miranda y Alicia Mendoza, quienes, después, en 1951, formaron el Teatro de Arte Universitario (Tau) y las Misiones culturales ambulantes del Tau, organizadas por Ligia Bernal y Hugo Carrillo”.
Aquellos jóvenes actuaban en el auditorio de Belén; después, en el cine Lux, donde interpretaron escenas de Mariana Pineda, de García Lorca; Esther, de Racine; Kukulcán, de Miguel Ángel Asturias; el drama quechua peruano Ollantay, y Quiché Achí, de Carlos Girón Cerna.
La Universidad Popular, por su parte, formó actores desde 1946, desde que Manuel Lizandro Chávez fundó el aula Cultura Teatral Thalía. En 1963, el maestro Rubén Morales Monroy sucedió en el puesto a Chávez y organizó los históricos festivales de Teatro Guatemalteco. Se desarrollaron 18 en total. Aquello hizo florecer lo que hoy llamaríamos la época de oro del teatro.
Una obra emblemática es Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, que varias generaciones pudieron apreciar en el teatro de la Universidad Popular. Esa ha sido la obra más taquillera del teatro nacional, pues tuvo más de mil funciones.
Llegados a este punto, podría objetarse que la más taquillera, hasta ahora, no es la obra maestra de Casona, sino El día que Teco temió, la cual en febrero de este año celebró sus más de mil funciones. Pero no hablamos aquí de espectáculos cómicos ni de otros pasatiempos similares, sino de arte escénico. La diferencia es abismal. Sería inmerecido situar en igual género lo actuado por Míldred Chávez, Eva Ninfa Mejía y Herbert Meneses en Los árboles mueren de pie, o a memorables actrices como María Teresa Martínez, Cristy Cóbar, Samara de Córdova, Consuelo Miranda, Cony de Fleck o María Mercedes Arrivillaga, por citar solo unos cuantos nombres, junto a espectáculos actuales tales como Brutas o cabronas, Baño de mujeres o Ellas los prefieren feos.
Hay canasto para todo, pero es justo establecer diferencias. Algunos de esos espectáculos cómicos incluyen la participación de estríperes y de locas felinas que gatean en el escenario, lo cual puede ser hermoso para quien así lo prefiera; hay público para todo y las preferencias son todas respetables; sería cobarde, eso sí, evadir aquí la responsabilidad de asegurar que muchas de esas obras brillan por su pobreza de ingenio, por su total falta de creatividad, su opacidad escénica y grave deficiencia actancial.
En cuanto a los escenarios y la utilería, en la historia del teatro los hay lujosos, en tanto que otros son bastante sobrios. Esa variedad obedece a corrientes filosóficas teatrales, no a la pobreza o la explotación de los actores y de una estafa al público, como suele suceder. Veamos un poco de corrientes y protagonistas.


Los teóricos

Entre los grandes renovadores del teatro occidental tenemos a Bertold Brecht, Paul Claudel, Samuel Becket, Konstantín Stanislavsky, Jerzy Grotowski, Eugenio Barba y Ariane Mnouchkine.
Stanislavsky, por ejemplo, propuso un método de actuación realista que influye incluso hoy en día en las escuelas de teatro modernas. Contrario a los estilos anteriores, como el romántico o el melodramático, en los cuales había cierta actitud artificiosa de los actores, propuso abordar a los personajes por medio de la psicología. Entre sus ejercicios está que el actor debería revivir alguna situación afectiva y emocional de su vida personal semejante a la de su personaje, para hacerlo más real; por ejemplo, la pérdida de un ser querido.
Grotowski encontró que el teatro tradicional contenía demasiada dependencia de los elementos técnicos. Según él, el actor debía prescindir de los trajes onerosos y de otros elementos tales como el maquillaje, los decorados y demás signos teatrales. Su filosofía ha sido comparada con la de un monje budista, en el sentido de que cada actor debe hacer de su vocación una filosofía de vida. Mal interpretado, Grotowski es un medio para economizar gastos. Uno de sus discípulos fue el italiano Eugenio Barba, creador, junto con Nicole Savarese y Ferdinando Taviani, del concepto de antropología teatral.
Otro gran teórico, el ruso Vsévolod Meyerhold, dio más importancia a la concepción plástica y a las luces que a la actitud psicológica de los actores. Propuso un tipo de presentación más abstracta, como el uso de escaleras, tarimas o plataformas móviles para que el actor manifestara sus emociones.
Antonin Artaud es uno de los más extraños directores y teóricos que ha tenido el teatro; pasó muchos años recluido en hospitales psiquiátricos. Quiso destruir las bases de cualquier teatro tradicional e instauró su teatro de la crueldad, en el cual se intentó hacer partícipe al espectador, provocándole vómitos, soltando malos olores, ruidos estridentes; incluso, derramando sangre de animales y otros recursos para incitar el caos.
Muy distinto es el teatro que propuso Bertold Brecht, quien lo llevó al máximo apogeo marxista. Si el teatro aristotélico pretendía que el teatro fuese un reflejo de la realidad y de las pasiones humanas, Brecht intentó que el espectador cambiara esa realidad. Buscaba de este una actitud crítica, racional, de análisis social e intelectual, pero a la vez produjo contenidos humorísticos, a veces paródicos y siempre de fondo filosófico.
Con esas y otras bases de actuación o de dirección, bien podemos admirar lo que han hecho y siguen haciendo varios artistas en el país, tanto en la capital como en los departamentos. Es decir, las redes del teatro superficial no atraparon a todos los grupos.


De la tragedia al vacío

En nuestro país el conflicto armado, que duró 36 años —de 1960 a 1996—, afectó también al teatro y aún se observan las consecuencias. Fue una época en la que las dictaduras militares sembraron terror al punto de que cercenaron la actividad artística. Algunos actores fueron acusados de comunistas y perseguidos como delincuentes. Poetas, dramaturgos y actrices salieron al exilio.
Es el caso, entre otros, de Abel Solares —Guatemala, 1954—, hoy radicado en Tokio. Salió del país en 1980. Formaba parte de Teatro Vivo, un grupo que se presentaba en áreas marginales, fábricas, escuelas, prisiones o parques. La misma suerte corrieron la actriz Carmen Samayoa, Édgar Flores, Carlos Obregón y Mario González. Este último es, en la actualidad, maestro de maestros en universidades de París.
Peor suerte corrieron, el 29 de enero de 1981, varios artistas, en el antiguo Paraninfo Universitario, cuando fueron baleados mientras compartían sus proyectos con el público. Ese día murieron nueve personas. La actriz Zoila Portillo sobrevivió a 18 balazos. Aquel cuadro hizo que muchos directores y actores cambiaran el rumbo del teatro. Era necesario. De aquel desastre, la actividad teatral se aferró a la comedia, lo cual, como advertíamos en un principio, no es menor ni mayor a la tragedia, pero en honor a los grandes comediantes y virtuosos actores que ha tenido el país, justo es señalar que otros abarataron su huella. Se propagó cierto interés por hacer un teatro menos que cómico; hicieron un teatro que después de la guerra pudo levantar el ancla, pero que se quedó en la fábrica de chiste fácil, del descuido en la actuación y hasta la incongruencia de los contenidos.
“Hay una diferencia radical entre teatro popular y el teatro sensacionalista de mal gusto. De hecho, las dos cosas se confunden, parcialmente”, dijo Mario González, desde París, cuando fue entrevistado por Prensa Libre en el 2003.


Los invisibles

Hubo un tiempo en el que eran antagonistas las bellas artes y el teatro callejero. Se creía que a las salas de teatro iba la gente bien, y a las ferias, la chusma. El teatro era para la gente culta, y el circo, para los pobres. Eso ha cambiado, afortunadamente.
Una de las actrices más respetadas, Patricia Orantes, destaca del teatro guatemalteco actual el importante trabajo que hacen varios artistas que suelen pasar inadvertidos: “Ahí está don José León Coloch dirigiendo el Rabinal Achi’. Allí está la gente de los barrios contando su tragedia. Pero no se ven, no aparecen en las carteleras con fotos a colores y ofertas. Allí están los jóvenes de Quetzaltenango, los Armadillos, los Andamios, los Sotziles, los Lúdicos, los jóvenes de las muestras de teatro, los estudiantes, los que no dejan de formarse. Ese es otro territorio que no persigue la seriedad ni la risa. ¿Por qué el facilismo? ¿Por qué la búsqueda de la taquilla? No sé, quizás porque el mundo globalizado empuja a no pensar, empuja a la individualidad, a la venta, a la oferta y la demanda. Y estaría difícil vender heridas, vender la realidad, vender pensamiento”.
Algo mágico sucede cuando el espectador y el actor interactúan. Un universo es creado.
El teatro es una herramienta poderosa, pero muchas compañías exitosas desaprovechan el poder de convocatoria que tienen y optan por estafar al público, pues le ofrecen hienas con piel de oveja; lo hacen con tal cinismo que convendría poner en práctica el uso del libro de la Diaco cada vez que se cierra el telón.

lunes, 26 de julio de 2010

Lo que el viento se llevó/ Panorama de la vida nacional durante los primeros 50 años del siglo XX en Guatemala.

Juan Carlos Lemus

Eran tiempos en los que la Ciudad de Guatemala resplandecía por las presentaciones de ópera. Para el 1900, el Teatro Colón tenía 40 años de existencia y ofrecía obras como Lucia de Lammermoor, de Donizetti, Aída, de Verdi y La Bohème, de Puccini. Era una época en la que las diversiones para los capitalinos consistían en paseos a Jocotenango, excursiones a Amatitlán, conciertos de marimba y observar autos sacramentales en los atrios de las iglesias.De esa cuenta, los diarios publicaban crónicas de bailes, además, noticias como esta: “El sábado próximo partirá con dirección a la Antigua, el maestro don Germán Alcántara, quien dirigirá los conciertos en el Teatro Municipal a favor del Hospital de aquella ciudad”. (Diario de Centro América, 1 de mayo).

De vez en cuando se sabía de la captura de algún ladrón. Por eso, no es de extrañar que un incendio, ocurrido en julio de 1900, ocupara el centro de las noticias. El hecho sucedió cuando la Banda Marcial, dirigida por el maestro Aquilino Castro, recién terminaba de dar un concierto en el jardín La Concordia. A eso de las 21 horas, los sacristanes de la Catedral y de San Sebastián dieron la alarma al hacer sonar las campanas. El incendio se originó en la casa 23 de la 6ª. Avenida Norte y amenazaba con extenderse hacia las casas vecinas.

Para apagar el fuego se hicieron presentes el director de la Policía, general Ovalle, y el subdirector, coronel Larrave, cuatro comandantes y el Juez de Aguas, más docenas de policías y 50 jóvenes voluntarios. Entre todos socavaron el incendio. Al día siguiente, por orden del Juez 2º. de Paz, queda preso don Francisco Redondo y Álvarez, quien alquilaba el lugar (el cargo: se le quemó la casa) junto con su sirvienta, a pesar de que ella “había dejado de trabajar desde las 18 horas”.
El país, por entonces, tenía un millón y medio de habitantes. Una casa podía tener 17 piezas, tres patios grandes, dos pajas de agua y un valor de 50 mil pesos. También las había de 10 mil pesos. El lector podrá sentirse frustrado de no poder hacer una comparación, ni siquiera remota, con los precios de la actualidad. Basta añadir que un tiempo de comida podía costar dos pesos, acompañado de una cerveza El Gallo, El Fraile o El Cabro. Por entonces, un diario anunciaba un extraño restaurante: The Billiken. Tenía licores finos, un cocinero japonés especialista en pasteles de frutas y en hacer tamales los sábados.


1910

Si filmáramos una escena cotidiana de ese año, nuestra cámara enfocaría el paso de una vieja diligencia tirada por unas mulas que van siendo latigueadas por un chofer. El ruido de las llantas contra el suelo empedrado se escucha a una cuadra a la redonda. La diligencia se detiene frente a la Catedral (cuyo frontispicio tiene imponentes estatuas de los cuatro evangelistas), y de ella desciende un adulto de 26 años de edad; viste levita negra, lleva un bastón en la mano, corbatín y sombrero de a tres pesos. Fuma un Parisiense (los cigarros anunciados como “Los mejores de Centro América, los únicos que no son contagiados por manos de obreros”). El caballero no es rico ni es pobre. Viste de traje porque así es la moda capitalina. En su muñeca luce un reloj que bien pudo haber sido comprado en La Perla, tienda de don German Porcher.

Un niño viene dando saltos por la banqueta y, sin querer, pasa empujando al adulto que se sacude y lanza una maldición.
El niño, sin inmutarse, continúa hacia la botica. Quizá lo enviaron a comprar un frasco de Ozomulsión y unas píldoras del doctor Ayer, de esas para cuando la lengua “se pone saburrosa y el apetito escasea”; después, irá a la tienda de Rigaud y Compañía, por unos polvos de Kananga.

Al momento del pequeño incidente, del otro lado de la calle, otro niño lo observa todo, con simple curiosidad. También sigue su camino hacia el Pasaje Aycinena.
Pegado en una pared, un cartel anuncia que esa noche, en el Teatro Variedades (inaugurado en 1909), se presentará en Guatemala la famosa actriz mexicana Virginia Fábregas.

El caballero sigue su camino y a media cuadra se cruza con una mujer. No la conoce, pero levanta su sombrero, como es normal, en muestra de respeto. La mujer que pasa, saluda. Está embarazada. Lleva vestido hasta los tobillos, botines viejos, mangas largas, cuello alto y un sombrero de ala ancha.
La escena es irreal, pero aquel adulto bien podría ser Rafael Arévalo Martínez, quien para 1910 tiene 26 años de edad, el niño que lo empuja —y que Rafael maldice— sería Luis Cardoza y Aragón (9 años), el otro niño que observa, del otro lado de la calle, tiene 11 años y se llama Miguel Ángel Asturias. La señora embarazada, por cierto, dará a luz el año próximo y nombrará a su hijo Mario Monteforte Toledo.
No obstante la irrealidad escénica, los datos son exactos y el hecho pudo suceder en una Guatemala relativamente pequeña, cuya actividad citadina se centraba alrededor de unas cuantas tiendas, la ópera y los paseos en días soleados.

Por aquellos días, ya se conocían las glorias de la marimba, pues el conjunto Sebastián Hurtado e hijos había sido, en 1908, el primer grupo que se presentó exitosamente en Estados Unidos. Así lo afirma Léster Godínez en su libro La marimba guatemalteca, y explica que por entonces ese instrumento absorbía ritmos como el ragtime, el foxtrot, charlestón y los inicios del jazz.

Un individuo nacido en 1900 formaba parte de un millón y medio de habitantes, según el censo de 1921. La economía del país se encontraba claramente dividida. “Las clases dominantes dependían de la exportación del café; los alimentos los producían generalmente campesinos, tanto indígenas como ladinos, pero principalmente los primeros (...) El sistema se basaba en el trabajo forzoso y en el trabajo por deuda o peonazgo. Ambos eran rechazados por las comunidades indígenas, pero el amplio control militar y la permanente amenaza de la violencia estatal no dejaba otra alternativa que conformarse”. (Richard N. Adams, en La Epidemia de Influenza de 1918-1919).

En cuanto a las clases sociales, explica Alfredo Méndez Domínguez (en Las clases sociales, de 1898 a 1944), “al principio de dicho período la sociedad estaba segmentada en tres grandes bloques: la clase alta ladina, gente conocida o “decente”; los ladinos pobres y los indígenas”.
Los terremotos de 1917 y 1918 destruyeron la infraestructura hospitalaria y de Beneficencia Pública; el Teatro Colón, el Museo de la Reforma y las estatuas de los cuatro evangelistas de la Catedral. La reconstrucción del país fue lenta y se vio agravada por la epidemia de influenza en 1918.


1920

La Ciudad de Guatemala estaba rodeada por algunos pueblos como el de Jocotenango, San Pedro Las Huertas, la Villa de Guadalupe y Los Guardas, que representaban las salidas de la ciudad (Héctor Gaytán en Historias de la Ciudad de Guatemala).
En 1920, capitula Estrada Cabrera, quien había permanecido en el poder durante 22 años.
En el boxeo, los favoritos eran Joe Firpo (José Raúl Lorenzana) y el campeón Panterita. En esta década surgen los primeros Juegos Deportivos Centroamericanos.
“El año 1921 fue el de mayor actividad deportiva hasta entonces, en toda la historia del país. Propuesta y patrocinada por el Diario de Centro América, se realizó ese año, en el lago de Amatitlán, una competencia de natación de 2 mil metros, la que atrajo una enorme concurrencia de espectadores que se trasladaron desde la ciudad de Guatemala a la cercana localidad, en tren, carruajes, autos y bicicletas”. (Richard V. McGehee, en La década de 1920 y los Primeros Juegos Deportivos Centroamericanos).
Los ojos de la moda estaban puestos en París. Jabones y sombreros, pañuelos y perfumes, vestidos y sombrillas, todo parecía voltear hacia el faro de luz procedente, por barco, de aquellas tierras. Los roles femeninos y masculinos estaban completamente polarizados. Ellas eran para la moda, el baile, la casa. A las mujeres se les consideraba poseedoras de inferioridad física, intelectual y moral. Se publicaban listas de libros solo para hombres (anuncios de librería Lumen), entre los que se encontraban El Satiricón, Dafnis y Cloe, El pícaro oficio y Las noches de un botánico.
Además, se advierte a las mujeres sobre los peligros de la cartomancia: “La practican casi siempre mujeres que ha aprendido su arte en el paulatino descenso de su vida moral por trastiendas de restaurantes y sitios prohibidos; cuando les ha pasado la época de atracción y devaneos, cuando están ya en el otoño de su manoseada hermosura” (El Imparcial, julio de 1925).


1930

Si bien la forma de vestir era “elegante”, básicamente para diferenciar a los ladinos del resto de la población, un editorial de este año, de El Imparcial, hace una crítica en la que refiere que los hombres van enfundados en “trajes luctuosos, plagados de manchas y de mugre”. Argumenta que además de tiesos y caros, no pueden ser lavados con frecuencia y los usan, incluso, en tiempos calurosos. Y es que los casimires europeos no debían ser lavados a diario. Estaban de moda los sombreros Stetson. Las mujeres también debían usar bastantes trapos encima, aún en los días de mucho calor.

Para entonces, el Teatro Pálace ya presentaba películas como El Danubio, y al país llegaron los trimotores de pasajeros de Pan American Airways.
Jorge Arias de Blois, en su ensayo demográfico para el período de 1898 a 1944, cita la existencia de tres censos. En este sentido, aclara: “De acuerdo con los ajustes hechos a las cifras demográficas, alrededor del año 1930 la población de Guatemala alcanzó los dos millones de habitantes, que supuestamente era, según algunos autores, la población existente en Guatemala a la venida de los españoles”.
Por esta época fueron famosos los Chocanitos. Se les veía pasar, a veces, del brazo de su madre. Eran los hermanos Aragón Carrera, relata Héctor Gaytán en Historias de la Ciudad de Guatemala. Descendían, probablemente, de una de las familias adineradas de Guatemala que perdieron toda su fortuna. Estos hermanos vivían en una casa del barrio de Santo Domingo. Vestían levita y sombrero. Uno de ellos improvisaba versos y se los recitaba a las damas que pasaban por las calles de lo que hoy conocemos como Centro Histórico. En sus manos llevaban una canasta con alimentos que la gente les regalaba. Ambos tenían retraso mental, pero tenían fama de cultos. La gente los llamaba los Chocanitos, en alusión al poeta peruano José Santos Chocano (Perú, 1875-1934) quien por entonces vivía en el país.


La educación

La enseñanza de la primera mitad del siglo XX tuvo énfasis en los valores morales. Pero, además, los ahora adultos todavía recuerdan el rigor con el que fueron educados. Un editorial de El Imparcial, de esos años, denuncia la crueldad y golpes contra los niños por parte de padres y tutores. En algunos casos, les pegaban “con látigos”, los ponían de rodillas y hasta los amarraban. Además de eso, se inculcaba el temor al pecado so pena de caer en las llamas del infierno.


De 1940 a 1950

Para entonces, el país tenía unos dos millones 300 mil habitantes.
La primera mitad del siglo XX fue terreno fértil para la creación y escritura de las leyendas de Guatemala. El Cementerio General, el Cerrito del Carmen, la Calle de la Merced, el Hipódromo del Norte, la Avenida Juan Chapín y el potrero de la Corona (lado norte del Cerrito), era sitios donde se aparecían la Llorona, el Cadejo, la Siguanaba y el Sombrerón, entre muchos otros espantos que incluyen a La monja sin cabeza y a Pie de Lana. Varios fueron los escritores que describieron estas leyendas. Otros retrataron personajes, oficios y costumbres de la época. Uno de los más destacados a quien se conoce como el gran retratista de las costumbres de los años que van de 1900 a 1950, es el escritor Carlos Samayoa Chinchilla (1898-1973). En su libro Chapines de ayer, el arriero, la tendera, la solterona, el policía, la beata o el carbonero son personajes que aparecen vivamente retratados.
Ya estaban establecidas en el país las colonias árabe, alemana, china, estadounidense, italiana y española, entre otras. Según las Memorias de la Secretaría de Fomento, en 1928 la tierra en manos de extranjeros representaba el 41.6 por ciento del total de las propiedades agrícolas.
El individuo que nació en 1900, hacia 1950 tuvo 10 presidentes, dos terremotos, una peste, dos guerras mundiales y significativa evolución de los medios de transporte.
En la actualidad, muchos abuelos recuerdan la seguridad en tiempos de Jorge Ubico, quien gobernó Guatemala de 1931 a 1944. Una noticia de 1940, en Nuestro Diario, destaca que un policía se encontró “una bolsa de cuero de color amarillo, que contiene en su interior la suma de ciento cincuenta y tres quetzales en efectivo...”
Fue una época en la que el entretenimiento se centró bastante en el cine. Estaban disponibles los teatros Lux, Pálace, Cápitol, Variedades y el Rex, donde Libertad Lamarque protagonizaba Besos brujos o se destacaba Lo que el viento se llevó, producida por David O. Selznick, en 1939, y que le hizo ganar un Oscar a la Mejor Película.
Un viaje de Guatemala a El Salvador duraba de las 4.35 horas hasta el 16.45 horas del día siguiente, con trasbordo en Zacapa. Pero, además se podía hacer una jornada de ocho horas entre Guatemala a Puerto San José.
El individuo no vivía al margen de los acontecimientos políticos que marcaron el país. El más importante de esa primera mitad del siglo XX, sin duda, fue la Revolución de Octubre de 1944, y que fue truncada en 1954.



El valioso cuadro estadístico comparativo de las repúblicas hispanoamericanas, en 1930, de Alfredo Schlesinger, muestra datos en los que indica que para ese año Guatemala tenía unos dos millones de habitantes.
Fueron enviados y recibidos un millón 672 mil 451 mensajes telegráficos.
Contaba con 385 oficinas postales
Había tres mil 145 aparatos telefónicos
Cantidad de vehículos: tres mil 94 (2 mil 101 autos, 791 camiones y 202 autobuses).



NOTICIA DE 1925

“Sombrilla perdida. Una estimable señorita de esta capital encontró el lunes último en la iglesia de San Francisco, después de la misa de once, una sombrilla que seguramente se extravió a alguna de las feligresas. La perdidosa puede pasar a recogerla a la casa No. 1 de la 16 Calle Poniente, donde se encuentra a disposición de su dueña, previa identificación”. (El Imparcial, 3 de julio)



El arriero

“Magra y quemada la figura, el sombrero de petate echado sobre la nuca, los ojos oscuros y lucientes bajo los gusanos de las cejas altas polainas de timbre que le llegaban arriba de las rodillas; firmes las riendas de cuero entre las manos talladas en madera de guayacán... ¿De dónde viene el señor arriero al acompasado tranco de su macho retinto? Sibinal, El Tumbador, Olintepeque, Siquinalá, Los Encuentros, Acatenango, Masagua, Coyolate, El Jícaro, San Agustín Acasaguastlán...Bueno, ¿para qué hablar más, si él conoce a esos y otros muchos lugares como la propia palma de su mano?
-Adiós, amigo, ¿cuántas leguas me faltan para llegar a San Rafael Pie de la Cuesta?
-Espero, a ver tantito, si... Cuatro cagadas de mula, usté; ni una más ni una menos. Cuéntelas bien, ya lo verá.
-Muchas gracias.
-No hay por qué darlas... Cuidado con el río, que a veces sabe venir mero bravo”.

(Fragmento del libro Chapines de ayer, de Carlos Samayoa Chinchilla, 1898-1973).

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